En estos días de resaca potselectoral, y cuando en mi caso voy a cumplir conmigo mismo, y con mi familia, la promesa de que las elecciones del 8F en Aragón serían mi primera y única “aventura” en el para mi hasta hace poco desconocido mundo de las campañas electorales, qué menos que sacar alguna conclusión de esta singular y ya avanzo que también enriquecedora experiencia.
Llegué, dejando a un lado por un corto espacio de tiempo mi actual plácida vida de jubilado tras mi salida del Justiciazgo, de la mano de mi amigo Raúl Burillo, con quien me unen años de amistad y de cafés compartidos quejándonos de “qué mal van las cosas”, a esta inesperada odisea, sin saber muy bien dónde me metía, y que ahora que se ha acabado, no sé si lo sé. El proyecto político al que me unía (ya he escrito algo sobre la figura del independiente en una lista electoral), sobre el que de entrada podía tener alguna discrepancia ideológica, lo acabé asumiendo como el mejor marco para intentar que ese sunami que parecía nos acechaba, y que al final ha tocado costa, no se produjera: el avance en nuestro querido Aragón de la ultraderecha. Eso podrían plantearse ahora que ya conocemos los resultados electorales más de una formación a la que se le llena la boca diciendo que hay que parar la deriva ultra, que si quisiera podría hacer que Aragón se moderara en su gestión política y no se diera el giro a extremismo de derecha, pero supongo que eso es un imposible.
He aprendido mucho en este poco más de un mes de precampaña y campaña, tanto en lo jurídico (de lo que se presupone que sé), como, sobre todo, en lo personal y humano.
Debo decir que he aprendido mucho en este poco más de un mes de precampaña y campaña, tanto en lo jurídico (de lo que se presupone que sé), como, sobre todo, en lo personal y humano.
En cuanto al primer aspecto, el que viene unido a mi por profesión y vocación, es curioso el mecanismo de muchas fases pre y postelectorales que pasan desapercibidas para el común de la ciudadanía. Así, desde el sorteo de las farolas para colocar los carteles, los espacios publicitarios en los medios de comunicación públicos, el sistema de financiación de la campaña, etc., son una pequeña muestra de las muchas patas del complejo sistema que conlleva todo proceso electoral, bajo la supervisión y control de otra gran desconocida: la Junta Electoral, ante la que me tocó preparar algún que otro recurso con resultado dispar.
Lo más satisfactorio ha sido ver cómo gente que nada busca y que nada puede esperar a futuro en beneficio propio, se deja la piel en el reparto de propaganda, horas en la sede de la coalición, preparación de visitas y actos
El segundo aspecto también lo dividiría en dos, puesto junto a la parte personal y humana de la confrontación electoral está la interna dentro de la candidatura por la que comparecía. Esta última ha sido sin duda la más satisfactoria, al ver cómo gente que nada busca y que nada puede esperar a futuro en beneficio propio, se deja la piel en el reparto de propaganda, horas en la sede de la coalición, preparación de visitas y actos, etc. Lo dicho, los nuevos números de teléfono que me llevo en la agenda han sido sin duda lo mejor. No negaré que ha habido roces de forma y fondo en cómo llevar la campaña, pero han sido menores y la unión ha prevalecido sobre ciertos personalismos o ansias de protagonismo, que también los ha habido.
La otra faceta, la realmente política, es otro cantar. He participado en cuatro debates o mesas sectoriales: educación, sanidad, mayores y deporte; y me he entrevistado con no menos de una veintena de colectivos: desde militares a federaciones deportivas, o desde una ONG de integración de migrantes a la asociación de vecinos de mi barrio. En estas últimas, he escuchado más que hablado y he conocido problemas que únicamente se saben cuando se está afectado por ellos en un determinado colectivo.
En un debate que participé, lo importante no era buscar puntos en común, que seguro los hay, si no contentar a la parte del público afín, que ahí estaba casualmente…o no tanto, para preguntar
Lo de los debates, mesas o similares entre partidos es otro cantar. Al primero, acudí creyendo que se iba a debatir, o al menos a confrontar ideas y proyectos, pero pronto me di cuenta, inocente de mi, de que allí cada uno soltaba su rollo y listo, y que al final lo importante no era buscar puntos en común, que seguro los hay, si no contentar a la parte del público afín, que ahí estaba casualmente…o no tanto, para preguntar. Curiosa fue la mesa de deportes, con verdaderos “primeros espadas” del sector, varios en la cima del Gobierno, con un discurso muy técnico y complaciente , cuando acabé diciendo que en el fondo el deporte no le importaba a nadie y lo único que le importaba a los que tocaban gestión pública en esa materia era los buenos resultados deportivos, en su faceta de medallas… nunca aprenderé, y mira que hace años que peino canas, a ser políticamente correcto, pues eso, algún compañero de la mesa, me dijo que aunque se pensara no se podía decir.
Y acabo, me llamaron para que me mojara, y me he mojado, igual hasta demasiado, con supongo más de una crítica, y algún “y este dónde va ahora”, pero ya nadie podrá decir que soy de los que se queja pero nada hace por evitar o solventar los problemas…, aunque la próxima vez lo más seguro es que no me acerque a la orilla y me quede en el chiringuito tomando una caña, que soy ya muy mayor.

Javier Hernández García, jurista, militar y excandidato de Aragón Existe
