Es el momento de decir ¡Basta ya!

El mundo está muy revuelto. Es una frase que hemos repetido en innumerables ocasiones y, por desgracia, casi siempre con razón. Si lo pensamos con calma, da la impresión de que tratamos al mundo como si fuera nuestro enemigo. Pero lo más inquietante es comprobar que las grandes convulsiones de cada época no surgen por casualidad: casi siempre llevan la firma de algún descerebrado obsesionado con sus avariciosas metas de poder y de riqueza.

Y aún hay algo peor: el resto se lo permitimos. Miramos hacia otro lado. Y algunos, incluso, los animan para que sigan adelante. Todos ustedes ya habrán adivinado que hoy, aquí y ahora, me estoy refiriendo al pacificador y aspirante al Premio Nobel de la Paz, el siempre atrabiliario y desquiciado Donald Trump, y a su socio, el psicópata y criminal, especializado en matar niños, Benjamín Netanyahu.

Donald Trump y Benjamín Netanyahu parecen tener como entretenimiento favorito buscar la manera más eficaz de empujar al mundo hacia su destrucción. Insisto: lo hacen… y nosotros se lo permitimos

Dos personajes que parecen tener como entretenimiento favorito buscar la manera más eficaz de empujar al mundo hacia su destrucción. Insisto: lo hacen… y nosotros se lo permitimos. Como ya he dicho en otras ocasiones, locos de poder ha habido muchos a lo largo de la historia. Pero con la capacidad destructiva que poseen hoy, pocos –o ninguno– han tenido jamás un dominio semejante.

También conviene que nos analicemos a nosotros mismos. Yo, en la medida de mi capacidad, lo primero que debo entender es mi obsesión por la reflexión. No creo que sea algo negativo, pero quizás responda a una cierta incapacidad para pensar de manera más resolutiva; es decir, para hacerlo con decisiones bien organizadas y con sentido de la realidad. Tal vez reflexión e ilusión sean una combinación de alto riesgo, pues esa conexión tan meditada puede conducir a la depresión.

Esta confesión surge como consecuencia del permanente ejercicio reflexivo que, una y otra vez, realizo al denunciar el continuo asalto a los Derechos Humanos y la falta de comprensión de algo esencial: todos pertenecemos a la misma especie y, por tanto, no existe diferencia por color, género, ideas o creencias. Existen palabras que, en el uso que algunos hacen de ellas, se convierten casi en una maldición; en realidad, quienes las pronuncian solo están ejerciendo un poder que esconde debilidad y temor.

La historia de la humanidad podría resumirse en dos capítulos. Uno es el de las guerras y los enfrentamientos por el poder de unos grupos sobre otros. Esto ha tenido siempre como consecuencia muerte, miseria e involución, y todo ello sobre las espaldas de los más necesitados.

El otro capítulo es el que ha representado los mayores avances en la evolución de nuestra especie. Y esto ha estado muy ligado a tiempos de paz, al respeto a los Derechos Humanos y al espacio para la ciencia. En definitiva, a aquellos momentos en los que los países –no todos– han tenido como norte el respeto y la confluencia de intereses.

Es cierto que, en el caso de Irán, el régimen de los ayatolás arrastra un historial más que conocido de desprecio hacia los Derechos Humanos –y especialmente hacia los derechos de las mujeres–. Pero reconocer esa realidad no convierte automáticamente en razonable la respuesta que ahora se nos propone: arreglarlo todo a golpe de bomba

Pues bien, ahora estamos inmersos en ese primer capítulo en el que las guerras se presentan como la solución a problemas que, en realidad, nadie parece haber definido con claridad. Es cierto que, en el caso de Irán, el régimen de los ayatolás arrastra un historial más que conocido de desprecio hacia los Derechos Humanos –y especialmente hacia los derechos de las mujeres–. Pero reconocer esa realidad no convierte automáticamente en razonable la respuesta que ahora se nos propone: arreglarlo todo a golpe de bomba, sin que nadie explique cuántas, durante cuánto tiempo ni con qué consecuencias. De un día para otro nuestra pareja arrasadora decide que la violencia masiva es el remedio, y se empieza a matar personas como si se tratara de un tiro al blanco en la feria de un pueblo: cuantos más patitos de goma derribes, más crece el ego del tirador y más legítimo parece reclamar el premio.

Un premio que, como suele ocurrir, se abandona después en cualquier rincón mientras otros siguen recogiendo los restos de la fiesta (masacre). Pero lo que no dicen es que el sufrimiento de los iraníes les importa bien poco; que, en realidad, su interés es pasar a la historia como dominadores del mundo y, eso sí, con los bolsillos bien llenos de dinero.

No voy a entrar en todos los campos de batalla que tienen abiertos, pues la estrategia y la dinámica son las mismas. Lo que sí resulta verdaderamente curioso es que, al tiempo que esta pareja de desquiciados –que de vez en cuando hacen trío con Putin– se expertiza en romper el mundo y, con él, a nuestra especie, otros grupos, por desgracia sin nombre, se esfuerzan por avanzar en nuestra evolución, combatir enfermedades, defender el planeta y, en definitiva, conseguir que la vida merezca la pena.

Trabajan para que las siguientes generaciones reciban una herencia limpia y para que se sientan orgullosas de lo que hicieron sus antecesores. La pena es que también existen terceros actores que se dedican a obtener el mayor provecho económico de los protagonistas de ambos capítulos: beneficio para ellos, mientras el resto se las arregla como puede.

¡Vaya panorama! Unos con afición al bombardeo y otros al esquilme arrasador de todos los recursos.

Creo que este es un buen momento para alzar la voz y decir, sin miedo y sin ambigüedades: ¡Basta ya!

Antonio Morlanes, presidente de Aragonex. Artículo publicado en EL PERIÓDICO DE ARAGÓN

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