Mi realidad actual es que no entiendo cómo la sociedad se está estructurando, cómo las personas que la conformamos nos hemos ido transformando en unos elementos que solo nos vemos a nosotros mismos. Y la pregunta es inevitable: ¿cómo hemos llegado hasta aquí precisamente en uno de los periodos de mayor libertad de nuestra historia?
Tuvimos cuarenta años de una terrible dictadura y cuando la naturaleza nos hizo el favor de terminar con ese periodo, con la muerte del dictador en la cama, nos abrazamos a una nueva etapa plena de democracia, disfrutando de libertad, ejerciendo nuestros derechos y participando, con nuestras decisiones, en el desarrollo de una nueva España, reconocida e integrada en el mundo libre. Y ahora, cuando tenemos un presente que se abre con pocos obstáculos y un horizonte de futuro que debería consolidarse con esperanza, asistimos con desconcierto al resurgir de discursos que cuestionan ese pasado que tanto costó superar, llegando incluso a reclamar la vuelta a él. Estas voces empiezan a escucharse en las urnas, y esto no es solo una cuestión ideológica, sino, sobre todo, una cuestión de responsabilidad
colectiva.
Echo un vistazo al espectro político existente y no puedo hacer otra cosa que asombrarme. Quizás peco de simpleza, pero no deja de ser curioso el número de partidos políticos existentes. Y no es la cantidad el problema; lo sorprendente es que no soy capaz de distinguir las diferentes ideologías que representan. Esto significa que miles de votos se pierden por no conseguir representación. Pero, ¿cuál es la motivación de quienes ejercen ese
derecho? En la mayoría de los partidos, la diferencia en su doctrina es tan mínima que, sin duda, podrían integrarse y debatir entre sus militantes cómo configurar una representación única para todos ellos.
Sin duda, sus votantes se lo agradecerían. Los datos hablan por sí solos: a 31 de diciembre de 2023 existían en España 6.294 partidos políticos activos, de los cuales, en las últimas elecciones generales, solo 11 obtuvieron representación en el Congreso de los Diputados. El resto, sin representación, obtuvo un total de 806.928 votos, sin contar los restos de los partidos que sí la obtuvieron.
Podemos afirmar que la suma total de votos que quedaron al margen de la representación efectiva –teniendo en cuenta partidos sin representación, votos nulos, votos en blanco y restos de partidos con representación– asciende aproximadamente a 3 millones de votos. Por
supuesto, no se incluyen los abstencionistas, es decir, los aproximadamente 12 millones de ciudadanos con derecho a voto que no acudieron a votar.
¿Cómo entendemos el sentido de la democracia? Quizás exista la idea de que, sin participar en ella –o haciéndolo de forma poco efectiva–, luego podemos exigir derechos que no hemos sido capaces de defender ni siquiera en algo tan sencillo como acudir a las urnas para elegir a
nuestros representantes. Y lo cierto es que este es el camino para dar posibilidades a algunos partidos de impulsar un modelo de sociedad diferente al democrático. En el contexto global actual, Estados Unidos y China compiten por liderar el orden mundial y entienden que la democracia no es el instrumento que necesitan para alcanzar sus fines. Además, se ven
respaldados por Rusia y consideran que la mejor forma de controlar los espacios nacionales es la plutocracia: todo aquello que no representa el dinero carece de valor. Esto implica una tendencia hacia la desaparición de las ideologías y de la libertad de pensamiento.
Por ello, volviendo a España, esa diversidad de partidos políticos puede resultar útil a los poderes económicos, pues diluye y fragmenta múltiples fórmulas de convivencia.
Se ha debatido mucho en relación con la función que desempeñó el llamado bipartidismo, que no era otra cosa que el resultado de la elección de los ciudadanos. Sin embargo, se ha promovido su desaparición a través de un complejo sistema de representación que, en
la actualidad, no satisface a nadie.
La derecha, que ocupaba un espacio de centro-derecha, frente a la aparición de una extrema derecha, ha perdido su posición y su forma natural de definir su modelo de sociedad; no se encuentra a sí misma. La izquierda, con excepción del PSOE, se ha desdibujado en un sinfín de
partidos que no se entienden entre sí. Aunque afirman defender lo mismo, la realidad muestra una fragmentación basada en la personalización y en la búsqueda de representación.
En definitiva, los ciudadanos se encuentran ante un panorama confuso, con un mapa político que defiende de forma insuficiente sus intereses y que, en muchos casos, da la espalda al verdadero sentido de la política. Como si fuera posible la convivencia al margen de ella, se pierde así la capacidad de sostener la libertad de pensamiento.
Es fundamental corregir esta situación, porque no existe ninguna sociedad al margen de la política. Y es precisamente aquella política que define y defiende la democracia la que debe guiar nuestro destino.

Antonio Morlans, presidente de Aragonex. Artículo publicado en El Periódico de Aragón
