Vox no es de fiar y Jorge Azcón lo sabe. Es consciente de que los ultras le han prestado sus catorce diputados para ser investido presidente de Aragón y que, del mismo modo, pueden retirarle ese apoyo en cualquier momento. Ya ocurrió hace dos años, cuando lo dejaron tirado por decisión caprichosa y estratégica de Santiago Abascal. Vox prefirió entonces no implicarse en el Gobierno y limitarse a lanzar propuestas de “sujétame el cubata” que agradaran a su electorado más afín. Con este precedente, ¿por qué no van a dejar a Azcón de nuevo en la estacada cuando se acerquen las elecciones generales?
Quien observe la política aragonesa con un mínimo de memoria sabe que la relación entre el Partido Popular y Vox nunca ha sido un pacto equilibrado, sino una dependencia forzada. La investidura de Azcón se sostiene sobre los catorce votos de un socio cuya lealtad ya ha demostrado ser volátil y cuya estrategia pasa por tensar la cuerda hasta romperla si conviene a sus intereses nacionales.
El precedente del plantón
El plantón de Vox hace dos años no fue un accidente, sino una maniobra calculada. Nada indica que no pueda repetirse. La lógica interna del partido, centrada en maximizar visibilidad y presión, convierte cualquier acuerdo en un terreno inestable. Las elecciones generales, siempre prioritarias para su dirección, pueden volver a colocar a Aragón como moneda de cambio.
Frialdad y distancia en la investidura
La frialdad de los diputados de Vox durante el debate de investidura no fue casual: ni aplausos, ni cortesías, ni intentos de disimular la distancia con Azcón. Todo ello tras meses de acusaciones cruzadas con calificativos que, en otro contexto, habrían roto cualquier puente. Aun así, ahora comparten Gobierno. Vox incluso presume de que Azcón “ha entendido sus políticas”, lo que sugiere más sometimiento que acuerdo, como dejó claro Alejandro Nolasco.
La entrada de Vox en el Ejecutivo no responde a un proyecto para Aragón, sino a una necesidad interna del partido. Sus encuestas ya no son favorables y su situación financiera tampoco. El Gobierno autonómico se convierte así en su salvavidas político y económico, no en un compromiso con los aragoneses.
Un pacto que no mira por Aragón
Aragón ha sido tierra de múltiples y distintos pactos orientados al bien común (PP y PAR; PSOE y PAR; PSOE, PAR, CHA y Podemos…) Pero lo que se ha formado ahora es un Gobierno condicionado por un socio que no oculta su desinterés por la estabilidad institucional y que usa su fuerza parlamentaria como palanca de presión. A Vox le importa un bledo Aragón y los aragoneses. Azcón lo sabe y empieza su mandato atrapado entre gobernar y temer un nuevo desplante.
El resultado es un Ejecutivo que nace bajo la sombra de la desconfianza constante y la amenaza de los “cuchillos largos” en cada Consejo de Gobierno. Un Ejecutivo donde la agenda de Vox puede imponerse no por convicción, sino por chantaje político. Lejos de fortalecer Aragón, lo coloca en una posición de vulnerabilidad ante los vaivenes de un partido centrado en su estrategia nacional.
La verdadera pregunta
La cuestión no es si Vox dejará tirado a Azcón, sino cuándo lo hará y por qué le resultará rentable hacerlo. Esa es la mayor debilidad del nuevo presidente. Para sobrevivir, Azcón va a sudar sangre. Y lo sabe.

Conrad Blásquiz Herrero, periodista y editor de la web política desde la Aljafería
