La percepción del miedo siempre es superior al temor real que provoca el mismo. Es lo que hace que lo pasemos peor quienes miramos, que los que protagonizan una actividad arriesgada. Preferimos conducir, a ser conducidos, porque elegimos protagonizar el control de la inseguridad antes que ceder la responsabilidad a otros. No es un problema de desconfianza hacia a los demás sino de egoísmo con nosotros mismos. No siempre vemos el mundo tal como es. A veces lo vemos como nos sentimos. Y, después, terminamos comportándonos como si nuestra percepción fuera la realidad. Por eso el control de las emociones está detrás del dominio del poder. La frontera entre la expresión natural de nuestra humanidad y la manipulación inhumana de esos sentimientos de nuestra especie es tan resbaladiza como los objetivos tan diferentes de ambas situaciones. Evitamos el miedo con sortilegios de superstición y nos escondemos de sus garras con las risas del terror. Pero la realidad nos recuerda que la tragedia individual tiene que ver con la colectiva, cuando la muerte deja de ser un proceso natural y un accidente artificial se socializa desde la empatía colectiva.
En psicología contamos con especialistas en atención a víctimas de catástrofes. Una labor profesional que es fundamental para minimizar el impacto psicológico del trauma, regular la crisis emocional y facilitar que las personas afectadas recuperen el control de sus vidas. Tras una catástrofe, vemos un patrón de comportamiento psicológico que se repite. El riesgo objetivo puede permanecer prácticamente igual, pero nuestra percepción del peligro cambia de forma inmediata. De repente, un medio de transporte que utilizábamos con tranquilidad puede parecernos inseguro. Prestamos más atención a los ruidos, a las noticias sobre averías y a cualquier incidencia ferroviaria. Incluso podemos plantearnos viajar en coche, aunque estadísticamente sea una alternativa más peligrosa. No es una reacción irracional: ante una tragedia, nuestro cerebro prioriza la detección de amenazas. El problema aparece cuando confundimos la intensidad emocional de un acontecimiento con la probabilidad de que vuelva a suceder.
Hay varias hipótesis que explican este comportamiento, por desgracia común. Desde la heurística de disponibilidad (Tversky y Kahneman 1973), defienden que juzgamos la probabilidad de un acontecimiento, en parte, por la facilidad con que podemos recordarlo. Las imágenes de un accidente grave hacen que otro accidente parezca más probable, aunque las imágenes no constituyan una medida estadística del riesgo. Otra segunda teoría es la de la heurística afectiva (Paul Slovic y colaboradores), explican que el miedo modifica nuestra valoración de los peligros. Cuando una actividad nos produce emociones negativas intensas, podemos considerarla más arriesgada. Por eso una persona puede sentir inseguridad en un tren incluso después de consultar estadísticas tranquilizadoras. Y la tercera hipótesis es la amplificación social del riesgo (Roger Kasperson y colaboradores, 1988). Nos dice que los acontecimientos peligrosos no se perciben de manera aislada y que la interpretación del riesgo circula desenfrenadamente a través de noticias, conversaciones, instituciones y redes sociales. Los mensajes contradictorios, las imágenes repetidas y la incertidumbre pueden intensificar la preocupación, aunque sus efectos no sean iguales en todas las personas.
En unos días hemos convivido y sufrido con la tragedia ferroviaria de Urda en Toledo, con la desgracia de una familia de cuatro miembros que perece en Zamora, con dos menores, en un accidente de coche, un joven futbolista fallece tras un impacto en un partido de fútbol, este fin de semana una mujer moría tras chocar su vehículo en Alberite de San Juan (Zaragoza) y acabamos de enterarnos de que nos ha dejado la que fue consejera del Gobierno de Aragón, Marta Gastón. Junto a eso, noticias traumáticas y diagnósticos terribles llegan cada día de los hospitales y accidentes laborales siguen siendo una plaga en pleno siglo XXI. No son objeto de reseña la feliz llegada de cada viajero en su coche, en su vuelo, su tren o autobús. Y los centros sanitarios son una magnífica fábrica de cuidados y vitalidad con unos servicios públicos envidiables y accesibles para toda la ciudadanía. Nuestros impuestos sostienen las buenas noticias en educación, salud, bienestar social y calidad de vida. Pero no ocupan titulares, ni preocupaciones, porque damos por hecho que lo conseguido no corre peligro. Y no es cierto. Precisamente, las desgracias y los éxitos de un sistema público nos deben llamar la atención de que mantener lo público es defender lo que todas y todos necesitamos. Y esta responsabilidad es compartida por todas las administraciones. Inaugurar luce, pero cuidar no brilla, aunque sea lo que ilumina nuestra vida.
En Aragón tenemos un ejemplo de esa diferencia entre anunciar y atender. Azcón presume de que la sanidad pública dispondrá de un presupuesto histórico. Pero, mientras llegan las cifras prometidas, ya son 9.301 los aragoneses que llevan más de seis meses pendientes de una operación. El dinero publicado puede tranquilizar una rueda de prensa, pero no a quien espera una llamada del hospital. La seguridad también consiste en saber que, cuando necesitamos ayuda, habrá alguien al otro lado. Porque una cosa es presupuestar tranquilidad y otra conseguir que la ciudadanía pueda sentirla y recibirla.
Los que hoy utilizan las desgracias para sus fines partidistas son los mismos que quieren desmontar el estado de bienestar y un sistema público que nos cuida. Da igual que hablemos de privatizar la sanidad, la educación, los transportes o las pensiones. Aprovechar los fallos de un sistema público, que debemos mimar y mejorar, no puede ser la excusa para destrozarlo. Las derechas que idolatran a Milei y Trump, con su motosierra salvaje de recortes, quieren implantar en España la precariedad de lo público para engordar el negocio de lo privado. La ciudadanía de esos países, que dio una patada al sistema respaldando la anti política, ha notado en sus bolsillos la coz de sus votos. Hoy les vuelven la espalda y las urnas. La previsible derrota de Trump, la pasada noche, se suma a la de sus colegas conservadores y ultraliberales. Un ejemplo para tener muy en cuenta en nuestro país. Lo comentaba estos días el analista Iván Redondo. La clave es que un sistema público se perciba como un Estado protector ante las injusticias y ejerza como una administración que corrija desigualdades y nos proteja de la vorágine de la especulación y el mero negocio. Da igual que hablemos de vivienda, sanidad, educación o transporte. Queremos una respuesta de Gobierno (con mayúsculas) que nos haga pensar que merece la pena pagar impuestos. Desde el entorno del PP y Vox han apodado a este consultor político como Iván, “el terrible”. Pero hablamos, más bien, de Iván, “el sensible”. Es esa confianza y sensibilidad por lo público lo que nos jugamos en estas elecciones. Porque la verdadera fortaleza del poder es hacer que la gente se sienta segura y feliz con su vida. Al fin y al cabo, cuando viajamos lo que menos deseamos es que quien conduce sea un piloto suicida o que, desde su inopia, nos prometa que nunca habrá curvas. Necesitamos confiar en que conoce el camino, mantiene el vehículo y sabe protegernos cuando llega el peligro. En definitiva, se trata de elegir en las urnas al mejor piloto y eso exige solidez y experiencia.

José Francisco Mendi. Psicólogo. Artículo publicado en el Diario.es Aragón
