Realidad impuesta vs. realidad propia

Sería una experiencia curiosa y muy educativa poder observar y comprender cómo transcurre el tiempo para todos los que conformamos la especie humana. Me imagino en una atalaya contemplando la sucesión de los momentos que el tiempo nos ofrece.

Son esos momentos los que utilizamos para construir la realidad que vivimos, porque la realidad no está prefabricada: cada uno de nosotros contribuye a transformarla en la verdad que finalmente se impone. Por ello, es necesario ser conscientes de que todo aquello que acontece en nuestro tiempo se genera, en gran medida, bajo nuestra responsabilidad. Sin embargo, esto a menudo nos pasa desapercibido, pues esa realidad que vivimos es obra nuestra, o debería serlo. Aunque también es cierto que no todas las personas disponen de las mismas oportunidades, y esa es otra realidad a la que no debemos dar la espalda.

Por desgracia, este zoológico en el que vivimos dista mucho de ser un ejemplo de igualdad de oportunidades. Más bien ocurre lo contrario: con el paso de las generaciones, la desigualdad parece aumentar. Cabe preguntarse, entonces, si esta forma de construir la realidad tiene algún sentido justo dentro de la creatividad natural del ser humano o dentro de la moral necesaria para sostener un orden de convivencia.

Abdicar de nuestra propia realidad equivale, en cierto modo, a renunciar a nuestra propia existencia. No debería ser aceptable que alguien trace el camino que debemos seguir sin contar con nuestra voluntad. Pensemos, por ejemplo, en quienes votaron a Donald Trump con la esperanza de que él —el todopoderoso presidente de los Estados Unidos— representara la realidad que deseaban construir. ¿Lo votarían hoy, conociendo sus acciones? ¿Se sienten engañados o fueron ellos mismos quienes se dejaron arrastrar por el engaño? ¿Cómo se corrige una situación de la que, en cierta medida, también son responsables?

Vivir en una realidad alquilada a quien la ha fabricado no parece la mejor forma de aprovechar la única vida que tenemos. Una vez más pregono nuestra temporalidad, y este debería ser el punto de inflexión necesario para ser los dueños de nuestra voluntad. Compartir intereses con quienes hemos decidido convivir libremente implica reconocer y respetar sus derechos y
libertades
. Pero también significa disponer del espacio necesario para desarrollar y expresar nuestras propias ideas sin que estas se vean menoscabadas por injerencias externas. Todo esto se refleja en el mundo que nos ha tocado vivir, un mundo que, de momento, no tiene alternativa posible. Habrá quienes se sientan identificados con la realidad en la que viven, porque consideran que es fruto de sus propias decisiones o porque se reconocen en el modelo que se les propone. Nada que objetar a quienes piensan así. Sin embargo, para quienes entienden que se han equivocado de escenario, que esta no es la obra que deseaban hacer y que los actores tampoco son los soñados, es necesario que comprendan que no pueden aceptar esta situación, porque desvirtúa su propia existencia. Pero, para que esto se configure y se transforme en lo idealizado, es obligado analizar lo que está sucediendo hoy en el mundo.

Todo cambia a nuestro alrededor sin que tengamos apenas protagonismo. Las guerras comienzan sin que entendamos con claridad sus motivos y esto nos lleva a unas formas alteradas de convivencia, pues nos crean trincheras para que nos enfrentemos unos contra otros y eso les permita a pequeños grupos no ser juzgados por sus acciones. Entender las motivaciones de Trump, Netanyahu o Putin, sobre qué resultado esperan de sus acciones bélicas es bastante demencial. En definitiva, nos estamos dejando conducir por una pandilla de locos sin respeto por nadie que no sean ellos mismos o no formen parte de su círculo. También deberíamos preguntarnos qué está ocurriendo en España.

Los ciudadanos elegimos a unos representantes y estos, conforme a la Constitución, dan forma a un poder ejecutivo. En una democracia sana, lo lógico es que desde el poder legislativo se ejerza una oposición responsable, es decir, una oposición que presente alternativas a las propuestas del gobierno. Eso es precisamente lo que necesitan los ciudadanos: acciones de gobierno y propuestas de alternativa. Sin embargo, con demasiada frecuencia la oposición se limita a reclamarnos que volvamos a hablar en las urnas, como si fuese la única respuesta posible. Pero ¿qué ocurriría si el resultado volviera a no gustarles? Señores de la oposición: presenten propuestas, expliquen sus modelos de sociedad y permitan que los ciudadanos podamos decidir si merecen nuestra confianza. Eso sí, no nos propongan, como hace Vox, retroceder cincuenta años.

A la vista de todo esto, debo confesar que, en el escenario actual, no siempre se nos permite construir nuestra propia realidad. Con demasiada frecuencia se nos impone la realidad diseñada por otros. Por ello debemos preguntarnos qué hacer para recuperar nuestro
propio camino. En primer lugar, debemos comprender quiénes somos y cuáles son
nuestras ideas. En segundo lugar, para lograrlo es imprescindible estar bien informados, y eso solo es posible si contamos con la cultura suficiente para seleccionar y analizar la información que recibimos. Y, en tercer lugar, debemos recordar que vivimos en el mejor modelo político conocido hasta ahora: la democracia. Un sistema que exige aceptar y defender que todos somos iguales en derechos y responsabilidades, y que la libertad solo puede ejercerse plenamente desde el respeto a los demás.

Antonio Morlanes, presidente de Aragonex. Artículo publicado en EL PERIÓDICO DE ARAGÓN

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