Tengo, si acaso, la «enfermedad» de un optimismo insensato y sigo confiando en que, incluso en medio de este desorden, es posible encontrar razones para mirar hacia adelante.
Quizá porque estamos viviendo un tiempo que considero excesivamente alterado y desordenado, hoy, en lugar de escribir un artículo al uso, dedicaré estas líneas a elaborar una miscelánea: una manera de reunir distintas situaciones, pensamientos y circunstancias que, de otro modo, resultarían difíciles de encajar en un único relato.
Y no lo hago desde la desesperanza, sino todo lo contrario. Tengo, si acaso, la «enfermedad» de un optimismo insensato y sigo confiando en que, incluso en medio de este desorden, es posible encontrar razones para mirar hacia adelante. Ojalá sea capaz de contagiar ese optimismo a alguno de ustedes. Para ello solo hace falta algo que, a mi juicio, resulta cada vez más necesario: ser capaces de generar nuestras propias ideas, sin dejar que otros piensen por nosotros ni permitir que nos las contaminen.
Hagamos, pues, un repaso al tiempo que nos ha tocado vivir: una época de confusión, de incapacidad de entendimiento y de un egoísmo alicatado. Estos días he leído que Donald Trump ha declarado que va a cambiar el nombre del lago Ontario por el de «lago América», y que piensa sustituir las denominaciones del Atlántico o el Pacífico por la de «océano América». Anteriormente, anunció que Groenlandia —territorio de Dinamarca— pasaría a ser de Estados Unidos, al igual que Canadá se convertiría en el estado número 51; asimismo, afirmó que tomaría posesión del estrecho de Ormuz, llegando a fantasear con rebautizarlo como «el estrecho de Trump». Narcisismo es poco: ni Alejandro Magno conquistó tanto. Eso sí, expulsa de Estados Unidos a los inmigrantes para recluirlos en cárceles de otros países, como El Salvador. Este es el autodenominado líder mundial.
El siguiente, Benjamín Netanyahu. Solo tiene una cualificación: es un asesino sin piedad que mata a todo un pueblo, el palestino; un genocida sin conciencia que disfruta con sus crímenes. Permitió, teniendo conocimiento una semana antes del ataque de Hamás del 7 de octubre, el asesinato de los suyos para tener la excusa perfecta para hacer su propio genocidio . Pero no caigamos en la tentación de señalarlo solo a él: muchos de los judíos del mundo y, más aún, Israel, lo protegen y no lo detienen, por lo que cabe entender que están de acuerdo con sus acciones.
Pero veamos quiénes somos todos nosotros, la especie humana actual. Hemos dado por hecho que el planeta nos pertenece y que tiene una función de «usar y tirar». No sé cómo hemos llegado a la conclusión de que la protección del medioambiente no importa, creyendo que se regenerará por sí solo. Sin embargo, la Naturaleza nos está dando avisos sobre cómo nos comportamos con ella: terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, deshielo de glaciares, grandes incendios y climas inusuales. ¿Seremos capaces de reflexionar sobre esto en algún momento?
Además, nuestro modelo de convivencia dista mucho de su verdadero significado, pues hemos adoptado como lema y bandera un individualismo revestido de egoísmo. Y la vida, además de temporal, es una concatenación de intereses comunes. ¿Acaso no entendemos que la convivencia se basa en esto? Por tanto, está en la libertad de cada persona elegir si desea vivir en sociedad —aceptando su marco normativo de convivencia— o hacerlo al margen de ella.
Tampoco deseo dejar fuera de este variopinto muestrario el papel de la tecnología, que durante muchos años ha sido un pilar fundamental para nuestra evolución como especie. Hoy nos encontramos en un momento de gran avance en esta materia, impulsado por la Inteligencia Artificial (IA). En principio, esta herramienta debería servir para facilitarnos la vida a todos; sin embargo, quienes la manejan parecen hacerlo con un fin muy concreto: alcanzar el poder absoluto y anular el pensamiento libre, sin que estemos dando una respuesta adecuada a ello. Creo que todavía estamos a tiempo, pero cuidado: vamos camino de convertirnos en los personajes de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, donde, a cambio de una vida artificial, perderemos el sentido de nuestro propio ser.
En cuanto a nuestro país, quisiera añadir una nota sobre algo que sucede y que me gustaría que fuese diferente: la manera en que se está desarrollando la política social. Se trata de una guerra abierta en la que políticos, tertulianos, medios de comunicación, la justicia y algunos más se empeñan en construir un país de bandos irreconciliables, en el que nos veamos los unos a los otros como enemigos. El principal partido de la oposición, el Partido Popular, que pretende llegar al Gobierno —lo cual entra dentro de su derecho—, debería hacerlo explicándonos cómo entiende que debe ser el modelo de convivencia, en lugar de limitarse a exigir desde 2023 que el presidente se vaya y convoque elecciones. Por favor, respeten a los ciudadanos y muéstrennos qué tienen para ofrecer. Octavio Paz, en su obra El laberinto de la soledad, llamaba la atención sobre esto: «Los partidos políticos deberán demostrarnos y demostrarse si lo que desean es servir a la democracia o a sus intereses políticos».
En definitiva, todo esto y algunas cosas más resultan fáciles de entender: basta con leer los treinta artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos para comprobar lo poco que los cumplimos, especialmente quienes nos denominamos países desarrollados. Pero no está todo perdido. Démonos un tiempo para la reflexión, de modo que podamos comprender que la vida requiere construirse desde la unión, el entendimiento, la responsabilidad y la generosidad; es decir, desde una convivencia positiva y con horizonte.

Antonio Morlanes, preside la Asociación Aragón Exterior-ARAGONEX. Artículo publicado en El Periódico de Aragón
