Prioridad humana

Vivimos en un tiempo en el que entregamos nuestros derechos a cambio de una esclavitud sin responsabilidades, y ese es un precio demasiado alto

Hay un párrafo que llama mi atención en una pastoral del papa Francisco por su aparente disonancia con el momento actual que vivimos: «El verdadero ordo amoris que es preciso promover es el que descubrimos meditando constantemente en la parábola del buen samaritano; es decir, meditando en el amor que construye una fraternidad abierta a todos, sin excepción».

Mi perplejidad surge cuando escucho a cierta derecha, por lo general católica, hacer lema y bandera de lo que denominan «prioridad nacional». Considero que deberían abrir un debate con su Iglesia, aunque para ello sería necesario que antes pusieran en cuestión, de acuerdo con su doctrina, la infalibilidad pontificia.

Por tanto, algo no encaja en todo esto. Si mantienen esa postura, quizá deberían abandonar su Iglesia, pues, como dice el argot popular, «no se puede estar en misa y repicando».

Sin embargo, antes de avanzar en estas cuestiones centradas en nuestra especie –la humana–, creo que sería importante definir brevemente el lugar en el que nos encontramos. Me refiero a nuestra casa: el planeta Tierra. Dos datos bastan: la Tierra apareció hace unos 4.550 millones de años y mil millones de años más tarde surgieron las primeras formas de vida. Nuestra especie, en cambio, apenas cuenta con unos ochenta mil años de existencia.

La primera conclusión que me viene a la mente es que somos unos recién llegados al planeta y, sin embargo, nos consideramos sus reyes. Algunos miembros de nuestra especie –los defensores de la prioridad nacional– parecen creerlo firmemente.

La segunda conclusión es que innumerables especies desaparecieron antes de nuestra llegada; los dinosaurios, por ejemplo. Así que, si lo pensamos bien, resulta bastante probable que nosotros seamos los siguientes en desaparecer (espero que no, la verdad). En definitiva, somos poca cosa comparados con la Naturaleza y con la escala de su tiempo. Porque, además, como decía Mark Twain: «El hombre fue hecho al final de la semana, cuando Dios ya estaba cansado».

Pero no quiero hacer historia de nuestro tiempo, sino reflexionar sobre el aquí y el ahora. ¿Cómo entendemos nuestra forma de convivir? ¿Cómo concebimos el ejercicio de nuestra libertad? Si atendemos a personas como el Peter Thiel, quien considera que «la democracia y la libertad se han vuelto incompatibles», podemos comprender hacia dónde se orienta cierta visión del poder.

Para mí, la libertad se acerca más a la quinta acepción que recoge la RAE: «En los sistemas democráticos, derecho de valor superior que asegura la libre determinación de las personas». Sin embargo, está claro que los grandes millonarios no la entienden así. Más bien la conciben como la capacidad que les otorga su fortuna para moldearla a su conveniencia. De este modo, quienes carecemos de ese poder económico nos convertimos en subordinados a quienes, cuando lo consideran oportuno, nos conceden una libertad aparente, escenificada, pero no real.

Para hacernos una idea clara de lo que estamos valorando, basta recordar los últimos datos de Oxfam: las doce personas más ricas del mundo acumulan un patrimonio superior al de más de cuatro mil millones de personas. Además, muchos milmillonarios consideran que tienen el privilegio de no pagar impuestos, porque, según afirman, ya contribuyen suficientemente a través de trabajadores, proveedores y clientes. Defienden sus intereses a corto plazo; no les importa el mañana ni en qué puede convertirse el planeta o la sociedad. Su prioridad es únicamente la acumulación de riqueza –un tío Gilito cualquiera–. Supongo que será para morir siendo los más ricos del cementerio, destino inevitable para todos. Y, sin embargo, esto es algo que no deberíamos permitir. Charles de Gaulle reflexionaba sobre el futuro con estas palabras: «Incluso si eso no ha de producirse hasta dentro de cien años, ya es hora de ir pensándolo».

Somos, como colectivo humano, la herramienta que todavía necesitan para seguir incrementando su riqueza de manera compulsiva. Pero, como consideran arriesgado depender eternamente de nuestra sumisión, ahora apuestan por que la inteligencia artificial ocupe nuestro lugar y nos vuelva cada vez más prescindibles. Debemos reflexionar sobre ello. Y también deberían hacerlo –con mayor insistencia– los políticos que los apoyan y los medios de comunicación que justifican sus actos. Todos ellos creen que, cuando pierdan su posición, ese grupo de milmillonarios cuidará de ellos. Se equivocan: cuando dejan de ser útiles, son abandonados.

Vivimos en un tiempo en el que entregamos nuestros derechos a cambio de una esclavitud sin responsabilidades, y ese es un precio demasiado alto. No podemos perder la verdadera libertad, porque hacerlo significaría renunciar a nuestra condición humana. Fiódor M. Dostoyevski, en su obra Los hermanos Karamázov escribió una frase muy reveladora: «A los corazones apocados no les sirve de nada la libertad». Y yo añadiría que solo sirven para el servilismo. Debemos aspirar, antes que nada, a ser personas y sentir el orgullo de vivir dentro de ese traje y no de ningún otro.

Antonio Morlanes, presidente de Aragonex. Este artículo ha sido publicado en El Periódico de Aragón

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