Jorge Azcón lleva semanas encerrado en su particular laboratorio político del Pignatelli, cocinando con esmero y en secreto una pócima mágica que —según esperan en el cuartel general del PP aragonés— debería lograr que Vox caiga rendido a sus pies durante los próximos cuatro años. La receta, guardada bajo llave y solo conocida por el círculo más íntimo del druida del PP aragonés, deberá requerir ingredientes del gusto de la ultraderecha: un toque de xenofobia por aquí, una pizca de negación de la violencia machista por allá, un chorrito de revisionismo climático y de rechazo de las políticas medio ambientales de la UE y, para dar sabor al brebaje, el eterno mantra del apoyo al trasvase del Ebro. Todo ello aderezado con soluciones de barra de bar para problemas complejos y un regreso nostálgico al conservadurismo social más rancio, a la España en blanco y negro y del No-Do.
Pero la mezcla de todos esos ingredientes no parece terminar de cuajar de momento. Azcón ya lo intentó tras las autonómicas de 2023, cuando logró seducir a Santiago Abascal y a su delegación aragonesa. El romance político duró poco: apenas año y medio después, Vox lo dejó compuesto y sin Gobierno, tras una gestión tan plana que su anécdota más recordada fue el peculiar teletrabajo del jefe de gabinete del entonces vicepresidente, que repartía su semana entre un hotel en Zaragoza y la comodidad de su hogar madrileño.
Ahora, el presidente en funciones aspira a atar en corto a los ultras, siempre que estos acepten dejarse atar. Y ahí está el problema. Abascal no se deja impresionar por un sillón autonómico: prefiere cazar piezas mayores. Prefiere comer un buen jabalí que beber el caldo secreto que le prepara Azcón. Su objetivo es la Moncloa, desprecia el Pignatelli. Y mientras llega ese momento, nada le resulta más tentador que hacer sudar a Alberto Núñez Feijóo, el gran estratega del PP que empujó a sus barones de Extremadura y Aragón a elecciones anticipadas para desgastar a Pedro Sánchez… y que ahora siente más que nunca el aliento de Vox en la nuca.
Los de Abascal han convertido la negociación con el PP en un ejercicio de resistencia. En un juego macabro. Ya tumbaron la investidura de María Guardiola en Extremadura y no descartan repetir la jugada en Aragón. Azcón, mientras tanto, sueña con una repetición del milagro que hace unos días permitió a María Navarro presidir las Cortes: una abstención simultánea de Vox y Teruel Existe que por un voto le abra de nuevo las puertas del Pignatelli.
Pero el calendario avanza. Azcón, cucharón en mano, continúa removiendo su brebaje político con la esperanza de que no termine, como tantas otras estrategias recientes del PP, completamente socarrado.

Conrad Blásquiz Herrero, periodista, politólogo y editor del blog Desde la Aljafería
