El tiempo es relativo, pero su pérdida es absoluta. Es una paradoja psicológica que explica la experiencia temporal. Siempre creemos que hemos malgastado el tiempo que ha transcurrido. Pero no valoramos el aprovechamiento del momento presente que nos aprisiona entre el recuerdo y la expectativa. Dos constantes pasivas que dirigen nuestra vida. Esa sensación de haber desperdiciado el futuro que no ha llegado, y querer cambiar el pasado, a base de nostalgia, nos lleva a dejar pasar la vida, y no el segundero. Por eso la puntualidad no consiste en llegar a la hora. Sino llegar a tiempo. Es la forma de valorar a las personas, y a las vivencias, por encima de los relojes.
Como decía el escritor Oscar Wilde: “La puntualidad es el ladrón del tiempo”. La obsesión de que los demás sean puntuales es complementaria con la dejadez de quienes llegan tarde. Ninguno es más feliz que el otro. La prisa marca nuestro ritmo de impuntualidad con la vida. Nos comportamos como el conejo de Lewis Carroll (‘Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas’, 1865). Incluso en nuestro devenir, sabemos que hemos llegado a este mundo demasiado pronto, porque nos hubiera gustado vivir experiencias que aventuramos por delante de nuestra existencia. Y sabemos que nos marchamos antes de hora, porque aún nos falta por comprobar lo que iba a suceder tras nuestra despedida. Es curioso cómo los habitantes del planeta compartimos la misma sensación de ser los últimos seres vivos que asisten al fin de los tiempos. O al menos a una de sus etapas más importantes. Lleva sucediendo así desde que comenzó nuestra evolución como homínidos, hasta llegar a ser humanos modernos. Pero si nos dijeran, como Julio Iglesias, que la vida sigue igual dentro de tres o cuatro mil años, nos parecería increíble porque destrozaría la importancia que nos arrogamos en la historia.
La puntualidad se relaciona, sobre todo, con las obligaciones. Nuestro trabajo se mide por las horas que fichamos y no por lo que producimos. En este sentido, nos acercamos a la semana laboral de cuatro días, sin reducción salarial. De hecho, psicológicamente, los fines de semana comienzan el viernes al mediodía. A la hora de computar horario de trabajo, cada vez son más empresas las que asumen que el quinto día laborable no tiene horario de tarde. Ha llegado el momento de llevar a la práctica del derecho lo que es una realidad de hecho.
Así lo han comenzado a experimentar países que ya están adoptando un descanso completo de tres días. Nueva Zelanda, Suecia, Islandia y Bélgica ya lo están desarrollando. En Inglaterra, Escocia y Gales han puesto en marcha programas piloto con muy buenos resultados. En Japón, empresas como Microsoft disfrutan de semanas laborales de cuatro días. Los beneficios son evidentes para las y los trabajadores. Pero también para las empresas. Más y mejor producción, menos bajas por estrés, y un rendimiento más satisfactorio. La conclusión es calidad de vida. Otros lo llaman felicidad. Lo difícil es democratizar estos avances cuando sectores como el comercio agota las horas del día y abre los siete días de la semana. Que conste que el problema no es de apertura sino de disfrutar de ese descanso. En los países nórdicos las plantillas que trabajan en fines de semana (estudiantes o personas que prefieren un ingreso extra) son distintas de las habituales.
La política es muy impuntual. Suele llegar tarde y la sociedad se cansa de esperar. Es una de las causas de la desafección que, a menudo, se transmite entre representantes y representados. La lentitud institucional es la excusa que utilizan los responsables para justificar su escasa agilidad ante la ciudadana. Y las urnas son un termómetro que nos permiten conocer si todavía estamos a tiempo. En Hungría, se pusieron una alarma colectiva para despertarse de la anestesia del autoritarismo del derrotado lacayo de la internacional fascista. De paso, botaron a Trump y a Putin.
El mitin de Vance en Budapest, apoyando a su filial ultra, tuvo la respuesta que se merecía. Ha sido la única intervención norteamericana, en un país extranjero, que ha sido eficaz contra un abuso de poder. Y que nadie se engañe. En el voto mancomunado y plural, de izquierda a derecha, que ha derrotado a Orbán hay una hoja de ruta de lo que debe hacer el nuevo líder, si no quiere acabar como su anterior compañero de partido. Cada voto a Magyar lleva escrita una frase: “Respice post te! Hominem te esse memento!” (¡Mira tras de ti!, recuerda que eres un hombre).
En España, Abascal va tachando contactos, tanto de su agenda internacional como de la estructura de su partido. El único que lleva prisa es Peinado, al que le persigue la injusticia. Mientras, a Netanyahu sólo le hacen caso los de Vox y la portavoz parlamentaria del PP, Ester Muñoz, que prefiere justificar al asesino que dirige Israel, antes que defender a uno de los nuestros: un soldado español que fue detenido en Líbano mientras cumplía sus deberes como casco azul. Los populares, para centrarse, siguen poniendo una vela a Satanás y otra al diablo.
Aquí en Aragón, sigue pasando imparable el tiempo. Sería por eso el lema de los conservadores en las últimas elecciones. Parece que los ultras quieren que el PP pague su soberbia con la penitencia de la impotencia. Responden con fuego amigo a los misiles de Tellado contra los dirigentes del entorno de Abascal, intentando una revuelta que lo debilite, antes de las elecciones andaluzas, para allanar el camino de Génova hasta las generales sin un flanco derecho tan extremo y fuerte.
Nolasco no quiere que el Día de Aragón en nuestra Comunidad tenga un presidente que vaya más allá de sus funciones. A este paso, Azcón será recordado como Jorge el tardón. En la pasada legislatura tardó cuarenta y siete días, desde que se constituyó el parlamento, en llegar al debate de investidura. En el año 1995, al inaugurarse la IV legislatura, se tardaron sólo diez días en votar al presidente, y también hubo que negociar un gobierno de coalición. Se espera un nuevo récord del inquilino interino del Pignatelli que podría lograr, a poco que se esfuerce, el próximo martes. El 19 de noviembre de 2025 anunció en una emisora de radio que disolvería las Cortes para obtener una mayoría estable y más fuerte que le permitiera tener un presupuesto. De eso harán cinco meses este próximo domingo. Y cuatro, desde la disolución efectiva. Desde entonces, la parálisis preside Aragón. Los resultados de las elecciones nos han dejado a un Azcón ojiplático y catatónico. Su problema no es que vaya tarde, sino que cuando llegue, su tiempo ya ha pasado. Afortunadamente para Aragón, la alternativa ya ha comenzado.

José Francisco Mendi, psicólogo. Artículo publicado en el Diario.es Aragón
