Quisiera comenzar este artículo invitando a una reflexión sobre algo que desde 1978 damos por consolidado y que constituye la base de nuestra forma de vida: me refiero a la democracia, recogida en nuestra Constitución. Todos hemos escuchado alguna vez que la democracia es “el menos malo de los sistemas de gobierno“. Pero ¿por qué nos conformamos con ese calificativo? ¿Por qué no la definimos simplemente como el mejor? Creo que, al ser una creación nuestra, de las personas, y no haber sido nunca aceptada por la totalidad de la especie, no nos atrevemos a magnificarla. Pero debemos pensar en algo que le otorga un valor que no posee ningún otro sistema: permite la entrada en ella a cualquier individuo o grupo. Esto le confiere, además de generosidad, un importante nivel de riesgo, porque en bastantes ocasiones se la ha destruido desde dentro.
Aun así, me atrevo a decir que es el mejor sistema entre los conocidos, el que nos iguala como personas. John F. Kennedy definía la democracia “como una forma superior de gobierno, porque se basa en el respeto del hombre como ser racional”. Vivir no es un juego en el que todo puede comenzar de nuevo; es una sucesión de momentos en la que cada uno tiene su tiempo y, cuando este pasa, llega el siguiente, diferente al anterior. Ahora estamos en uno muy especial que, aun con errores, nos ha permitido convivir en una sociedad en libertad como ninguna otra generación de este país había conocido. Disfrutamos de derechos que nos convierten en ciudadanos iguales, pero es necesario defenderlos. Sirva como ejemplo la salud: no podemos pensar que, por disfrutar de ella, no es necesario cuidarla. Si no lo hacemos, puede aparecer un virus que la ataque hasta el punto de acabar con ella.
Ahora que todavía disfrutamos de una más que aceptable salud democrática, empiezan a aparecer señales de ese virus llamado extrema derecha. Los partidos que la representan están aprovechando el desconcierto de los principales partidos, tanto conservadores como progresistas. A través de sus enfrentamientos, han surgido como una solución que no lo es, pero que, sin darnos cuenta, puede transformarse en fascismo. Y de este ya conocemos sus consecuencias: nos convierte en individuos sin voluntad ni capacidad autónoma de decisión, manejados por esos seres víricos según el criterio y promoviendo sus ideas.
No debemos permitir que esto suceda. Sabemos cómo combatir ese peligro porque ya lo sufrimos. Hagámoslo con las armas de la libertad basada en el respeto y en la igualdad entre todos, aceptando que somos personas y que, al margen de ello, no existe ninguna cualificación superior. Aceptemos a cada uno tal y como es, pues esta es la única forma de que se respete la individualidad de todos, siempre integrada en el conjunto.
La diversidad constituye una forma de enriquecer a la especie y la solidaridad se convierte en la mejor vitamina para fortalecer la convicción de no dejar a nadie en el camino. Los partidos políticos son un excelente instrumento para conducir el modelo descrito y, en las diferencias entre ellos, reside nuestra capacidad para posicionar nuestras ideas. Es necesario hacerles entender que necesitamos verlos como el faro que debe guiarnos. Cada generación, según su criterio razonado, será libre de elegir el modelo de sociedad que unos u otros propongan y, como conclusión, aceptará esa voluntad mayoritaria expresada libremente en la democracia de las urnas.
Porque es necesario que todos entendamos –los políticos, los primeros– que quienes resultan elegidos para representar la voluntad popular, todos ellos lo son en la misma condición, porque lo son por decisión de los ciudadanos en ejercicio de su libertad. No podemos establecer categorías. Siempre tendremos la mejor de las garantías: la representación mayoritaria, acompañada del espacio necesario para escuchar las ideas de las minorías. Quizá algunas de ellas merezcan ser asumidas y contribuyan a enriquecer el sistema. Muchos de nuestros avances se han producido gracias a individuos que defendieron sus ideas en la más absoluta soledad.
De esta forma entenderemos cómo podemos vivir en libertad. Al pensar en esta manera de convivir, me viene a la mente una frase de un discurso de Martin Luther King: “Tengo un sueño, un solo sueño: seguir soñando. Soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad y ojalá ya no tuviera necesidad de soñarlas“.
Me atrevo a pedir que, tras la reflexión debida, seamos capaces de ver y entender que nuestra existencia temporal debe servir para avanzar en el mayor y mejor proceso hacia la igualdad. Solo así podremos reivindicar que, en nuestro laude se escriba: “Ante todo, fue una persona igual al resto“.

Antonio Morlanes, presidente de Aragonex. Este artículo ha sido publicado en El Periódico de Aragón
