Los atajos nos permiten llegar con más facilidad a los objetivos, mientras que los recortes nos quitan los medios para llegar a las metas. En Aragón nos gusta alcorzar, aunque los foranos crean que estamos pensando en las migas del almuerzo. Somos breves, pero más incisos que concisos. Achicamos los espacios para agrandarnos nosotros, no para acercarnos a los demás. Los ajustes suelen ser injustos porque los pagan los justos, aunque los dicten los pecadores. La merma de medios nos aleja de los fines. Reducir para llegar a lo sencillo es coherente. Incluso se resalta el sabor culinario con una buena reducción de ingredientes.
El problema es que, con la excusa de aligerar el condimento, nos quitan el alimento. La música que disminuye la burocracia es una canción de éxito que vende la plutocracia. Pero la letra de ese soniquete de motosierras nos deja sin perras. Sean en metálico o en servicios públicos. En los humanos hay un placer morboso por quitar a los demás, ya que seduce en mayor grado que tener más que otros. Los impotentes demuestran su poder debilitando a sus semejantes para hacerlos distantes. No son capaces de crecer por sí mismos, pero les encanta podar a los vecinos sin eufemismos. Restar es la única forma que tienen los negativos para sumar incentivos.
Nos culpabilizamos porque perdemos el tiempo, siendo que los demás nos atracan la atención de nuestro consumo. Hemos tenido que conquistar cada hora de felicidad, frente a la rebaja de ocio que exige el trabajo. Uno comienza reajustando el bolsillo, evitando el café, y termina abandonado por una soledad sin estimulantes sociales. Hay recortes que valen mucho más que el lienzo original. Son esos trocitos de cada historia personal que son incalculables e irreducibles, por mucho que se quiera cambiar el curso de los acontecimientos. Al fin y al cabo, nuestra historia está hecha de retales sin remiendo ni remedio. Las religiones reducen las expectativas de felicidad terrenal, al generar burbujas de creencias que carecen de valor. Los rezos y plegarias quitan tiempo de aprendizaje al delegar en lo fatuo las soluciones que se necesitan.
Hoy 17 de junio se cumplen 63 años desde que, en 1963 (curiosa cifra,) el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de Norteamérica declarara inconstitucional la obligación de leer la Biblia y recitar oraciones en las escuelas públicas de ese país. Ahora, tras ver las fotos de los pastores evangelistas en la Casa Blanca, imponiendo sus manos sobre la cabellera anaranjada de Trump, uno tiene sus dudas del avance conseguido en este siglo. Pero el famoso proceso de Murray contra Curlett consiguió que una sentencia firme consagrara la libertad de separar la religión de la ciencia y la creencia de la sapiencia. Por ese digno motivo, la revista ‘Life‘ nominó a esta insigne atea como: “La mujer más odiada de EE. UU.” Todo un honor. Pero el mayor reto del país que habla de Dios en todos sus billetes es conseguir que pueda elegir a una persona no creyente para presidirlo. No es un caso extraño en el muestrario de las Naciones Unidas. Por desgracia, los estados que más se vinculan a una religión, como seña de identidad de su gobierno, suelen ser los más sanguinarios y peligrosos.
Reducir salarios, pensiones y derechos sociales tiene el único objetivo de recortar la vida. La sonrisa demente de Milei tiene la misma maldad que la mirada ‘odiante‘ de Nolasco. Comparten el mismo corte, aunque el navarro sea más de ternasco y el argentino de churrasco. El líder de la ultraderecha en Aragón se ufana de ser un gran recortador. Y no habla de vaquillas. Quiere eliminar las ayudas sociales con sus armas de destrucción masiva de solidaridad. Apunta con racismo y dispara con xenofobia. Pero el objetivo somos todos. Sálvese el que pague es su grito de falso patriota. Habla con desprecio de los menores a los que cuidamos, para intentar que veamos en ellos a drogadictos, delincuentes y mafiosos. Quiere ser el gamberro del gobierno de coalición. Pero tan culpable es el consentidor de Azcón, que lo admite y acoge, como el provocador que impulsa la poda. Su “podalogía” es la “odiología”. Porque con el odio, ni se crece ni se nace, ya que sólo se fabrica.

José Francisco Mendi. Psicólogo. Artículo publicado en el Diario.es Aragón
