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Aragón y Cataluña

Este domingo, más de 5,2 millones de catalanes elegirán a su Gobierno. Son unas elecciones muy reñidas a las que mira de reojo toda España. El resultado será también, o debería serlo, decisivo para Aragón. Compartimos 400 kilómetros de frontera y muchos vínculos históricos. Compartimos además una lengua, sí el catalán, cuyos mejores escritores son aragoneses. En este diario hoy los recordamos: Jesús Moncada, de Mequinenza, y Francesc Serés, de Zaidín. También tenemos en común otros elementos culturales e históricos. El canal que lleva el nombre de las dos comunidades no solo ha convertido al oriente aragonés y el occidente catalán en una de las zonas más prósperas de España, sino que ha fortalecido unos vínculos que se mantienen sólidos desde hace siglos y que solo el cortoplacismo político ha enrarecido.

Muchos aragoneses tienen familiares en Cataluña y viceversa. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, a 1 de enero de 2020, 90.434 nacidos en Aragón viven en Cataluña. Tan solo hay más nacidos en Andalucía, Castilla y León o Extremadura. Además, es el lugar de España que más aragoneses ha acogido, por delante de Valencia (38.242) o Madrid (33.711). En Aragón, viven 39.832 personas de Cataluña. Más que castellanoleoneses (31.669) o andaluces (25.229).

Según datos un poco desfasados pero vigentes del Centro de Predicciones Económicas, Aragón compra a Cataluña el 55% de todo lo que compra en España. A su vez, el 25% de lo que exporta Cataluña, que no es poco, va a Aragón. Más que a Francia y Alemania. Asimismo, el 33% de los productos aragoneses vendidos fuera los adquiere Cataluña. Ninguna otra comunidad lo supera.

Más de una década dándose la espalda

Con estos datos, es inexplicable que ambas comunidades lleven dándose la espalda políticamente más de una década. Durante esta y la pasada legislatura hemos visto cómo los desbocados políticos catalanes se reunían con extravagantes y minoritarios líderes europeos de países con los que nada tienen que ver, mientras comparaban Aragón con una especie de caverna fascista de seres atrasados influidos por el Opus. No es una hipérbole. Basta con ir a hemerotecas o pasearse por cualquier cuenta de Twitter que lleve un lacito amarillo para comprobarlo.

Tampoco se ha contribuido desde Aragón a la búsqueda de la concordia. Desde la indiferencia por el patrimonio común (salvo el ahínco con el que se defiende el artístico injustamente retenido en Cataluña) o el desinterés por mantener cualquier encuentro con una comunidad con la que tanto nos une. Está muy bien que el Gobierno de Aragón haya hecho frente común con las dos Castillas, mantenga una excelente relación con Valencia y refuerce el corredor navarro-riojano. Pero no acercar posturas con los vecinos del Este es de una absoluta torpeza. Por mucho que los interlocutores no lo hayan puesto fácil y su complejo de superioridad resulte ofensivo muchas veces.

De los Torra, los Puigdemont y todo ese ridículo, extemporáneo y supremacista ultranacionalismo no se puede esperar nada y han fomentado un odio que ha calado en parte de los catalanes. Pero también ha sido decepcionante el modo en el que el presidente de Aragón, Javier Lambán, ha establecido sus relaciones políticas con Cataluña, aunque fuera desde su legítimo rechazo al independentismo. Pero se podría haber ahorrado declaraciones que, más allá de ser muy aplaudidas en sectores conservadores del nacionalismo español solo han servido para dinamitar los puentes que él mismo se comprometió a restablecer. En el 2017 la DGA promovió en Zaragoza la interesante exposición Dicen que hay tierras al Este en la que Serrat ejerció de invitado de honor. Ahí se acabó la concordia. De su oposición parlamentaria tampoco se podía esperar mucho porque nunca entendieron bien la complejidad sociopolítica de Cataluña. Pero sí se de un Gobierno que también gobierna para muchos aragoneses que ven a Cataluña como aliada, que no entienden que se azucen primitivos instintos anticatalanes y que están desconcertados y cansados de ver cómo ni unos ni otros son capaces de promover la concordia; ya que son las personas, y no las banderas, las que hacen avanzar. 

Antonio Ibáñez, periodista

Este artículo ha sido publicado en El Periódico de Aragón

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