Crecí con una palabra mágica: supercalifragilisticoespialidoso. Era el título de una canción de Mary Poppins, una película fantástica de Disney que describía la forma milagrosa en la que uno podía salir airoso de situaciones difíciles, e incluso cambiar su propia vida. Los niños de ahora están creciendo con otra palabra impronunciable: desregulación. Es la nueva palabra talismán de Vox, no solo en Aragón, sino en todas las comunidades donde gobierna con el PP.
La diferencia es sencilla: la primera abría la imaginación y los sueños; la segunda solo abre sospechas.
El vicepresidente de Aragón, Alejandro Nolasco, de Vox, compareció hace unos días en las Cortes para hablar de la palabra de moda en la ultraderecha y no aclaró absolutamente nada. Ni qué es, ni para qué sirve, ni qué piensa hacer con ese invento. Nada. Un concepto fantasma elevado a la Vicepresidencia de Aragón y presentado con la solemnidad de quien anuncia una revolución, pero sin molestarse en explicar si la revolución va a consistir en algo más que borrar normas con un rotulador. Una especie de conjuro ideológico que, como supercalifragilisticoespialidoso, se pronuncia rápido, se repite mucho y parece que sirve para todo. Pero mientras Mary Poppins usaba la magia para ordenar el caos, aquí la magia se usa para crear el caos y llamarlo libertad.
El vicepresidente la lleva tatuada en la frente, pero sin una sola línea de contenido detrás. Ni memoria económica, ni diagnóstico, ni listado de normas a “desregular”, ni criterio técnico, ni objetivo político reconocible. Solo la palabra. La palabra y el vacío. Su política es la política convertida en truco de feria: se agita un término rimbombante, se promete un cambio trascendental y, cuando llega el momento de explicar en qué consiste, se corre la cortina y no hay nada detrás. Ni conejo, ni chistera, ni truco. Solo humo.
Cuando no se sabe qué hacer, se inventa una palabra
La palabra en cuestión funciona como paraguas perfecto para no comprometerse con nada. Si alguien pregunta por qué no se concreta, se replica que “la izquierda no quiere libertad”. Es un concepto diseñado para no significar nada y permitirlo todo. Un comodín político que sirve para justificar cualquier recorte, cualquier debilitamiento de garantías públicas, cualquier eliminación de controles. ¿Para beneficiar o perjudicar a quién? Y, sobre todo, sirve para no rendir cuentas. Porque, ¿cómo fiscalizar algo que ni siquiera está definido?
El peligro de gobernar con palabras inventadas
El problema no es solo lingüístico. Es democrático. Cuando un gobierno empieza a gobernar con palabras que no existen, lo que está haciendo es vaciar de contenido el debate público. Sustituir la política por el eslogan. La gestión por la consigna. La responsabilidad por la retórica. Y mientras tanto, Aragón sigue esperando que alguien explique qué demonios significa. Qué normas se van a tocar. Qué derechos se verán afectados. Qué sectores están en la diana. Qué garantías se pretenden eliminar. Qué controles se quieren suavizar.
Los niños de mi generación crecimos creyendo que una palabra mágica podía arreglarlo todo. Los de ahora están aprendiendo que una palabra inventada puede desarreglarlo todo.
Supercalifragilisticoespialidoso era un juego. Desregular es un aviso.

Conrad Blásquiz Herrero, periodista y editor de desde la Aljafería
